Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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--Deteneos, monseñor --exclamó Baisemeaux. --Si entiendo lo que pasa, que me emplumen; pero co-
mo tantos males, aunque desencadenados por la locura, pueden sobrevenir dentro de dos horas, júzgueme el
rey y vea si he obrado mal al romper la consigna en presencia de tantas y tan eminentes catástrofes. Vamos
a la torre, monseñor; veréis a Marchiali.
Fouquet se lanzó fuera del despacho. Baisemeaux le siguió, limpiándose el frío sudor que le inundaba la
frente.
--¡Qué horrorosa mañana! --iba diciendo Baisemeaux; --¡qué desgracia!
--¡Aprisa! ¡aprisa! --dijo con voz áspera el superintendente, advirtiendo lo que pasaba en el ánimo del
gobernador. --Quédese aquí este hombre, y tomad vos mismo las llaves y mostradme el camino. Nadie
¿oís? absolutamente nadie debe enterarse de lo que va a pasar.
--¡Ah! --repuso Baisemeaux indeciso.
--¡Otra vez! --prorrumpió Fouquet. --Decid inmediatamente sí o no, y salgo de la Bastilla para llevar
yo mismo las órdenes a su destino.
Baisemeaux tomó las llaves y subió solo con el ministro la escalera de la torre.
Según iban ascendiendo por aquella espiral, los murmullos ahogados se convertían en gritos claros y en
espantosas imprecaciones.
--¿Quién grita? --preguntó Fouquet.
--Marchiali. Así aúllan los locos --respondió el gobernador dirigiendo una mirada más henchida de alu-
siones ofensivas que de respeto al superintendente.
Este se estremeció, pues en un grito todavía más terrible que los anteriores acababa de conocer la voz del
rey. Fouquet se detuvo en el descenso de la escalera, y tomó el manojo de llaves de manos de Baisemeaux,
que, figurándose que el nuevo loco iba a estrellarse el cráneo con una de ellas, exclamó:
--¡Ah! el señor de Herblay no me ha hablado de eso.
--¡Vengan las llaves! --prorrumpió Fouquet arrancándoselas. --¿Dónde está la puerta que quiero abrir?
--Es ésta.
Un grito horrendo seguido de un terrible trancazo contra la puerta, despertó los ecos de la escalera.
--¡Retirarós! --dijo con voz amenazante Fouquet a Baisemeaux.
--Con mil amores --murmuró el gobernador.
--¡Retiraros! --repitió Fouquet, --y si antes que os llame sentáis la planta en esta escalera, yo os asegu-
ro que vais a ocupar el sitio del preso más infeliz de la Bastilla.
--De esta no escapo --masculló el gobernador retirándose con paso vacilante.
Los gritos del preso resonaban cada vez con más fuerza.
Fouquet, en cuanto se hubo cerciorado de que Baisemeaux había llegado al pie de la escalera, introdujo la
llave en la primera cerradura.
--¡Socorro! ¡soy el rey! ¡socorro! --gritó entonces Luis XIV con acento de rabia.
Como la llave de la segunda puerta no era la misma que la de la primera, Fouquet se vio obligado a pro-
bar algunas de las del manojo, mientras el rey, enardecido, loco, furioso, gritaba con todas sus fuerzas:
--¡El señor Fouquet es quien me ha hecho traer aquí! ¡socorro contra el señor Fouquet! ¡soy el rey! ¡fa-
vor al rey contra el señor Fouquet!
Estas vociferaciones partían del corazón del ministro, e iban seguidas de golpes espantosos descargados
contra la puerta con la silla, de la que Luis se servía como de un ariete.
Fouquet dio por fin con la llave.
El rey, ya no articulaba, sino rugía, aullaba estas palabras:
--¡Muera Fouquet! ¡muera el asesino Fouquet!
Entonces se abrió la puerta.

EL RECONOCIMIENTO DEL REY

Fouquet y el rey iban a abalanzarse uno contra otro pero al verse se detuvieron y lanzaron un grito de
horror.
--¿Venís a asesinarme? --exclamó el rey al conocer al superintendente.
--¡El rey en semejante estado! --exclamó el ministro. Efectivamente, nada más espantoso que el aspecto
del joven príncipe en el momento en que entró Fouquet. Su traje estaba hecho jirones, y su camisa, des-
abrochada y reducida a pedazos, estaba empapada del sudor y la sangre que le inundaba el pecho y los des-
garrados brazos.
Fosco, pálido, frenético, con los cabellos erizados, Luis XIV era la imagen viviente de la desesperación,
del hambre y del miedo reunidos en una sola estatua; y tanto se conmovió y turbó el ministro al verle, que
se acercó a él desolado, con los brazos abiertos y las lágrimas en los ojos.
Luis blandió sobre la cabeza de Fouquet el palo de la silla del cual hiciera tan enfurecido uso.
--¡Qué! --dijo con voz trémula el ministro, --¿no conocéis ya al más fiel de vuestros amigos?
--Vos, vos amigo mío? --replicó el rey con rechinar de dientes en que resonaron el odio y la sed de in-


 

 
 

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